En tiempos aciagos, disputar el sentido común

Olga Amparo Sánchez

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Desde la campaña electoral me he obsesionado con entender la disputa cultural que planteó el hoy presidente de la República. No le pusimos suficiente atención a lo que estaba realmente en juego y que, a mi juicio, es nada más y nada menos que una disputa por el sentido común.

Y acá retomo el pensamiento de Gramsci. El sentido común, para él, no es simplemente aquello que una sociedad considera razonable, evidente o de “buen juicio”. Es un conjunto de ideas, creencias, valores, prejuicios y maneras de interpretar la realidad que se van sedimentando en la vida cotidiana. No forman necesariamente un sistema coherente: pueden contener ideas contradictorias entre sí.

Por eso, una persona puede defender la igualdad y, al mismo tiempo, reproducir prejuicios racistas, clasistas o patriarcales sin percibir necesariamente la contradicción. Una de las claves del pensamiento gramsciano es que el sentido común no nace simplemente de la experiencia individual. Se construye históricamente y está atravesado por las relaciones de poder. En él se incorporan ideas provenientes de la religión, la escuela, los medios de comunicación, la política, las relaciones entre los varones y las mujeres, la sexualidad, las costumbres, las familias, los discursos institucionales y, por supuesto, las experiencias cotidianas.

El sentido común es, entonces, una concepción del mundo fragmentada, poco sistemática y muchas veces contradictoria, pero profundamente política porque contribuye a definir aquello que una sociedad considera normal, deseable, posible o inevitable.

Y ese sentido común está siendo interpelado y disputado por la extrema derecha global. El nuevo presidente es solo una pieza de ese engranaje. Y, sin ánimo de pedantería ni de colocarme como referente ético o moral, creo que, si el feminismo, los movimientos sociales y el Pacto Histórico no entendemos esta disputa, vamos a perder no solo las elecciones del 27, sino también las elecciones del 30.

¿A qué apela la Patria Milagro? No solo a lo planteado durante la campaña electoral, sino también a lo reafirmado una y otra vez en el discurso de posesión del presidente de la Espriella.

Apela al sentido común de la seguridad: hay que poner orden porque hay que extirpar el mal; hay que acabar con el comunismo porque se va a tomar el país; necesitamos más autoridad, más fuerza, más control. Así se va instalando una idea de seguridad asociada al orden, al poder militar y a la capacidad de eliminar o neutralizar a quienes son presentados como amenazas. No se trata de negar los graves problemas de seguridad que vive el país ni la responsabilidad del Estado de garantizar la seguridad de todas y todos, en todos los territorios. De lo que se trata es de interrogar qué entiende el gobierno del presidente de la Espriella por seguridad, quiénes quedan bajo su protección y quiénes son construidos como amenaza, qué se define como peligro y, sobre todo, qué medios considera legítimos para enfrentarlo. Porque cuando la seguridad se piensa desde la lógica de eliminar al enemigo, el contradictor deja de ser alguien con quien se disputa políticamente y empieza a ser alguien a quien hay que neutralizar.

Apela también al sentido común sobre la pretendida estabilidad que proporcionaría la familia tradicional. Una familia que, de hecho, no es propiamente un espacio de seguridad para las mujeres, las niñas, los niños, las y los adolescentes, las viejas y los viejos. Sin embargo, se presenta como refugio frente a un mundo que se percibe cada vez más incierto y amenazante, y no se puede negar que para muchas personas sí puede serlo. El problema aparece cuando ese modelo de familia se presenta como la única posibilidad.

Y está lejos de ser la única forma de familia en Colombia. La familia tradicional que se invoca como refugio y garantía de estabilidad no es la única forma de familia, ni siquiera la que representa a la mayoría de los hogares: en 2024, casi uno de cada cuatro hogares colombianos, el 24,3 %, era monoparental, según el DANE.

Apela al sentido de trascendencia a través de la religión o, si se quiere, de las religiones. Frente a la incertidumbre, frente al miedo y frente a la sensación de pérdida de referentes, se ofrecen certezas. Y entiendo por qué pueden resultar atractivas: cuando tenemos miedo queremos aferrarnos a algo, necesitamos sentir que hay un lugar seguro donde poner nuestras preguntas.

Apela, asimismo, al sentido común de la política de la blanquitud y al deseo aspiracional que el neoliberalismo ha impuesto. No importa si este sistema nos empobrece: siempre podemos aspirar a los lujos, las extravagancias y los excesos de placer de las élites, porque algunas personas han llegado hasta allí con su esfuerzo: reguetoneros y reguetoneras, artistas, futbolistas, diseñadores y diseñadoras, en fin, un sinnúmero de personas que, a través de su talento, su emprendimiento o su trabajo, han logrado escalar socialmente.

Por supuesto, el deseo de mejorar las condiciones de vida es absolutamente válido. El problema aparece cuando esas historias individuales se convierten en la prueba de que el sistema funciona para todas y todos, y cuando la desigualdad deja de ser entendida como un problema estructural para convertirse en un asunto de esfuerzo individual: quien quiere y se esfuerza puede; quien no llega, no se esforzó lo suficiente.

La Patria Milagro apela también a ese sentido común producido por el capitalismo y potenciado por el neoliberalismo: tenemos que explotar como sea la tierra, los recursos y la biodiversidad para acumular riqueza. No importa si con ello alteramos los ecosistemas, agotamos los recursos o ponemos en riesgo las condiciones que hacen posible la vida.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas: mientras se promete seguridad, estabilidad, prosperidad y bienestar, se producen y se mantienen las condiciones que generan inseguridad, precariedad, despojo y deterioro de la vida.

Es justamente allí donde creo que está una de las claves de la disputa. No basta con desmontar cada una de estas afirmaciones. Tampoco basta con decir que son mentiras. Hay que tratar de entender por qué logran interpelar, qué miedos, deseos, frustraciones y aspiraciones recogen y cómo consiguen presentarse como respuestas de sentido común.

Porque el sentido común no es un bloque cerrado. En él también habitan las experiencias de quienes han sufrido las violencias, de quienes cuidan, de quienes defienden el territorio, de quienes han padecido la precariedad, de quienes saben que la seguridad no se reduce a la presencia de un arma o de un uniforme.

Ahí está, quizás, una de las tareas políticas más urgentes: disputar el sentido común desde las experiencias concretas de la vida y construir otros significados sobre la seguridad, la libertad, la familia, la espiritualidad o las espiritualidades, el bienestar, el Estado, la democracia y la vida misma.

Hay que reconocer que la derecha entendió mejor que el llamado sector democrático que durante el gobierno del cambio también se estaba disputando el sentido común. Supo identificar algunos de los malestares, temores y aspiraciones que atravesaban a buena parte de la sociedad y convertirlos en relatos políticos con capacidad de interpelación. No voy a entrar en esta reflexión a evaluar los aciertos y desaciertos del expresidente Petro ni del gobierno del cambio. Es claro que el progresismo está en deuda con la agenda feminista emancipadora, no solo con las mujeres, sino con el conjunto de la sociedad, y no se ven, hasta el momento, luces claras para asumirla. Habrá tiempo para reflexionar y aportar sobre esta agenda feminista.

Retomando esta idea, basta mirar algunos de los cambios que se produjeron durante el gobierno del expresidente Petro. Se fisuró e interpeló el orden de la blanquitud: los cuerpos que podían ser reconocidos, las voces que eran legitimadas, el sentido de la sociedad a la cual aspirábamos y la manera de relacionarnos con los recursos y con el planeta. La derecha lo entendió y la campaña electoral del Pacto Histórico no tuvo la visión suficiente para reconocer que allí también estaba una parte de la disputa y, quizás, una parte del triunfo.

Una escena puede ayudar a comprender de qué hablo. La salida del expresidente Petro de la Casa de Nariño fue también una escena de esa disputa por el sentido común que su gobierno interpeló y, en algunos aspectos, fisuró. Sin espectáculos altisonantes ni público que lo aplaudiera, algo que, por cierto, le fascina al expresidente, salió acompañado de quienes lo cuidaron y cuidaron a su familia. Contrario a lo que afirmó un medio de comunicación, no creo que el expresidente haya salido en soledad. Salió acompañado y, en esa salida, hubo también un gesto político: una manera de cerrar su paso por la Casa de Nariño que, más allá de las valoraciones sobre su gobierno, decía algo sobre la relación entre el poder, quienes lo ejercen y quienes los acompañan.

Quizás fue una escena pequeña frente a todo lo que significa dejar el poder, pero a mí no me pareció una escena menor. Otros cuerpos ocuparon el centro de la imagen. Otras personas estuvieron allí. No estaban los de siempre. No era la escenografía habitual del poder. Y, en ese sentido, creo que esa salida también produjo una fisura en la cultura de la blanquitud.

Tal vez de eso se trata, en parte, la disputa por el sentido común: de quiénes aparecen, quiénes son escuchados, quiénes tienen derecho a nombrar el país; qué cuerpos reconocemos, qué vidas consideramos valiosas, qué formas de familia aceptamos; qué entendemos por seguridad, por bienestar, por libertad y por democracia. No se trata solamente de ganar elecciones. Se trata también de disputar aquello que una sociedad llega a considerar normal, deseable, posible o inevitable.

Estamos viviendo tiempos aciagos. No me resulta fácil decirlo. Hay miedo, incertidumbre, cansancio y también mucha rabia. A veces tengo la sensación de que estamos tratando de entender lo que pasa mientras todo ocurre demasiado rápido. Y quizá por eso mismo necesitamos detenernos un momento y preguntarnos qué sentidos estamos dejando que se vuelvan normales, cuáles estamos aceptando como inevitables y cuáles todavía podemos disputar.

No tengo respuestas para todo. Tampoco creo que las tenga el feminismo, los movimientos sociales o quienes hoy nos reconocemos en el campo democrático. Pero sí creo que no podemos dejar vacío el lugar donde se construye el sentido común. Si otros nombran nuestros miedos, nuestros deseos y nuestras incertidumbres, también podrán decirnos cómo debemos vivir, a quién debemos temer y a quién debemos considerar enemigo.

En tiempos como estos, disputar el sentido común es también disputar la idea de que las cosas tienen que ser como nos dicen que son. Es preguntarnos qué sociedad queremos, qué vidas queremos cuidar y qué mundo queremos dejar a quienes vienen detrás.

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