Los sectores populares, el nuevo gobierno, el terremoto y la palabra
En medio de una tragedia como la que atraviesa el país, la batalla cultural que quiere imponer el nuevo gobierno, con base en anacrónicos lemas de tradición, familia y propiedad, es en realidad la lucha en torno a la palabra, sus gestualidades y sus sentidos, y en ello los sectores populares están ejerciendo la toma de medios de comunicación e información alternativos.

Desde la Marcha del Silencio que inundó las calles y la Plaza de Bolívar de la capital unas semanas antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán a comienzos del año 1948, hasta la multiplicación de la palabra por parte de los sectores populares que caracterizó el estallido social y la segunda vuelta de la reciente campaña electoral presidencial, tuvimos que recorrer casi ochenta años de violencia y desarrollo dominados por el monopolio de la voz pública por parte de las jerarquías eclesiástica y política, cuyas formalidades letradas se sumaron a la violencia física contra aquellos sectores cuando se decidían a pasar de la mirada y el silencio a la protesta y a la construcción de narrativas de emancipación y de transformación nacional.
A comienzos de los años sesenta del siglo pasado Albert Hirschman caracterizó el régimen político dominante como el de una fatídica trenza de ausencia de voz y de falta de lealtad a las instituciones públicas por la inmensa mayoría de la nación, y la subsiguiente “salida” de los sectores populares de los escenarios de la participación democrática, que expresaba la división entre un país formal y un país real, según la acertada definición de Diego Montaña Cuéllar en su libro del mismo título publicado en 1966.
En ese abismo florecieron la abstención y los fraudes electorales que condujeron a la elección de presidentes con solo el 10% del censo de votantes, junto con la lucha armada, la exclusión de regiones enteras de la inversión pública, la autoconstrucción popular de nuestras ciudades, una impunidad histórica de justicia aún vigente de más del 90%, el crecimiento del narcotráfico y su violencia urbana. Todo un vacío institucional de memoria y de verdad. Vimos nacer una juventud de fin de siglo conocida como la del no futuro por sus designios homicidas y suicidas en la vorágine de discriminación y exclusión, el genocidio de la Unión Patriótica y de otros sectores políticos, junto con una paradójica búsqueda de paz y de recomposición del Estado que fructificó fugazmente con la proclamación de la Constitución de 1991, sometida después a más de setenta reformas constitucionales mientras se aplicó una contra-reforma agraria a sangre y fuego que condujo a más de ocho millones de víctimas y al masivo despojo de tierras dentro de un mundo agrario que fue transformado en el escenario rural de extractivismo y especulación financiera–exportadora.
En esta última etapa, la voz de los púlpitos y de los bancos parlamentarios se fue transformando hasta colmar los hogares con narrativas mesiánicas evangélicas; pero también se fueron construyendo y acumulando múltiples miradas populares dentro de las experiencias del desplazamiento forzoso de millones de campesinos, indígenas y afrocolombianos, su llegada a las ciudades, y su concurrencia a la recreación de formas comunitarias y vecinales de vida. Fue así como creció la nueva generación de jóvenes hijos de aquellas víctimas que salieron a proclamar que habían llegado al escenario nacional para disputarse precisamente el futuro del país, después de haber accedido a la educación pública y a la cultura urbana sin perder los vínculos ni olvidar sus orígenes regionales.
Allí, con base en sus nuevas sensibilidades se fue forjando una palabra plena que salió a flote y ha llegado para quedarse, como lo evidencian las reconversiones políticas que han acompañado el crecimiento de la izquierda y el progresismo en el país desde la conquista de múltiples alcaldías y gobernaciones, y desde el año 2022 de la Presidencia de la República, caracterizadas ante todo por una profunda paradoja: la de haber colmado el país formal con las aspiraciones y las potencias de los excluidos, justo cuando el país real está siendo interpelado por nuevas élites políticas mundiales mediante el fraude, la Inteligencia artificial, la histérica voz de las iglesias evangélicas y las altisonantes parodias de caudillismo militar propia de líderes impostados, cuyas precariedades narrativas se evidencian en que no tienen palabra: solo imágenes, cada vez más vacías y de simulación, que son develadas paso a paso por las miradas populares y ciudadanas.
Se trata de un punto histórico de ruptura. Alrededor de la palabra se tensiona al máximo el sentido de las luchas actuales, justo cuando los sectores populares y ciudadanos afinan sus miradas y multiplican sus formas. Mientras que, en el tránsito de ser candidatos a ser gobernantes, la pretendida nueva élite política se desnuda en sus fragilidades e inconsistencias narrativas, y da cada vez más palos de ciego en su intento de construir una nueva hegemonía nacional en el incierto y variable mundo de las recomposiciones capitalistas mundiales.
Lo paradójico es que esas inconsistencias son destructivas, y allí está el asunto a resolver desde las creativas dinámicas populares, potenciando las experiencias de una campaña nacional electoral asumida directamente por la gente, hasta imponer la claridad de que se trataba de jugársela por la vida, la cultura, la paz y el cambio, como ideas fuerza que deben atravesar los propósitos actuales de la oposición al nuevo gobierno.
Las antiguas agendas sociales y ambientales antes disociadas de la política se juntaron con ésta, llenando de contenido el antiguo país formal, del cual sólo quedan las imitaciones vacías y fantasmagóricas del nuevo equipo de gobierno, y sus demagógicos gestos de agendas de caridad en manos de primeras damas en medio de la tragedia.
La batalla cultural que quieren imponer con base en anacrónicos lemas de tradición, familia y propiedad, es en realidad la lucha en torno a la palabra, sus gestualidades y sus sentidos, y en ello los sectores populares están ejerciendo la toma de medios de comunicación e información alternativos. Como siempre, las tragedias abren dimensiones alternativas a las crisis, y en este caso abren un abismo de incertidumbre respecto de las pretendidas narrativas mesiánicas de una nueva derecha aún inorgánica, desesperada por tocar el fondo de un proyecto de sociedad tan inexistente como inviable.
Definitivamente, ¡los sectores populares tenemos la palabra, y ella ha llegado para quedarse por encima de todo! Ya no hay parodias posibles que no sean leídas y caracterizadas en tiempo real por aquellas miradas populares. Y la disputa por el sentido ha empezado a pasar de una oralidad reinventada desde las pantallas, a la escritura profunda de unos procesos de movilización popular que se han sumado al torrente de participación propiciado por el gobierno del cambio.
A ese respecto, habla e ilustra con suficiencia el siguiente un texto firmado por Quizquiz desde Puerto Resistencia, en este mes de agosto.
¡Hic Rhodus, Hic salta!:
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