Los verdaderos Caribes
Desde hace una década se inició un proceso de abandono de las entidades, los espacios y los empeños culturales de los siete departamentos de la región Caribe, y especialmente de Barranquilla. Hoy, cuando Abelardo de la Espriella y sus aliados del Clan Char pretenden desahuciar el edificio de la Aduana donde funciona la Biblioteca Piloto, una periodista de la movida cultural barranquillera abre preguntas sobre los movimientos culturales y el futuro de las potencias creativas que son un referente esencial para el país.

El siglo XX declinaba y una nueva era aparecía frente a nosotros, teñida por el halo mítico de que el siglo XXI sería el de los avances inimaginables en la tecnología y el salto en la conciencia de los seres humanos. En esa etapa, entre finales de los noventas y primera década del 2000, la región Caribe colombiana vivió un momento interesante de efervescencia política y cultural, marcada por la necesidad de actualizar y fortalecer el concepto de identidad regional (para el país, la identidad “costeña”), vinculándola, además, a la macroregión del Gran Caribe.
También fue una década muy activa en impulsar la divulgación del conocimiento de y sobre la región Caribe y, además, en retomar la causa tantas veces defendida pero nunca realizada de la autonomía regional. El ambiente cultural en esa etapa entre el año 2000 y el año 2010 fue alentador, nutrido por la creación de instituciones y proyectos regionales que llegaron a ser emblemáticos y a posicionar a la región como referente de reflexión y pensamiento creativo para el resto del país.
Se venía de una experiencia de planeación en la década anterior con el Corpes Costa Atlántica, que había producido, entre otras cosas, la preciosa herramienta del Mapa Cultural del Caribe. El siguiente paso, según el libreto de la Ley de Ordenamiento Territorial, era impulsar las Regiones Administrativas de Planeación (RAP) y algún día, si se dieran las condiciones, la Región Entidad Territorial (RET), que es la gran aspiración autonómica.
El 14 de marzo de 2010, en las elecciones parlamentarias, dos millones y medio de personas de los ocho departamentos de la Costa Norte depositaron en la urna una papeleta que rezaba: “Voto a favor de la constitución de la Región Caribe como una entidad territorial de derecho público, con autonomía, para que promueva un desarrollo económico y social en nuestro territorio, dentro del Estado y la Constitución colombiana”. El simbólico Sí a la Autonomía Regional representó un hito político en el país, que no surgió por generación espontánea. La lucha se remonta al siglo XIX e inicios del XX, con la Liga Costeña; y en el período reciente, en al año 2007, Fedesarrollo, el Observatorio del Caribe y el Banco de la República presentaron al país el llamado Compromiso Caribe, un decálogo de decisiones que el Estado colombiano y los entes territoriales deberían adoptar para sacar a la mayoría de la población caribeña de la pobreza, y ganar una dinámica de desarrollo que terminara por cerrar las brechas que separan nuestros indicadores sociales y económicos de los del país central. En al año 2016 Eduardo Verano De la Rosa asumió por segunda vez como Gobernador del Atlántico, y como ya lo venía haciendo desde su primera administración, continuó abanderando la autonomía regional y logró el consenso entre los gobernadores para la conformación de la RAP Caribe, aprobada el 19 de octubre de 2017 e integrada por los departamentos de Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre.
Un centro de inteligencia para la región
Uno de los acontecimientos que tuvieron lugar en esa década fue la fundación, en 1997, del Observatorio del Caribe Colombiano (Ocaribe). Este singular organismo público-privado emergió como respuesta a la necesidad de dotar a la región de un centro de producción, de análisis y de divulgación del conocimiento para el desarrollo regional, una especie de think tank productor de insumos para entender y planear mejor el desarrollo de nuestro territorio. Desde allí se acopió y organizó información sobre la realidad económica y social, creando una base de indicadores regionales que estuvo disponible para la academia, la administración pública y el empresariado. Durante años, el Observatorio fue un espacio de reflexión pluralista, de articulación entre academia y la sociedad civil, y una rica fuente de referencias para la toma de decisiones y el diseño de políticas públicas. Su impacto hay que verlo también en relación con la bandera de la regionalización y el fenómeno del Voto Caribe de 2010, que por un momento cristalizó el debate sobre la autonomía y la descentralización.
Ocaribe, que fue una iniciativa de Cecilia López Montaño y un grupo de académicos, ciudadanos, artistas y profesionales costeños, incluida la suscrita, nació para ser liderado por las universidades públicas de la región, Colciencias y las Cámaras de Comercio. Entre sus propósitos fundacionales estuvieron ampliar y fortalecer la capacidad regional para adelantar estudios, generar conocimiento de excelencia, construir una visión de futuro para la región y proponer políticas y estrategias para el desarrollo del Caribe, y durante una década larga sus logros en estos campos fueron notables. Bajo el liderazgo de sus primeros directores, el economista Alberto Abello Vives y el antropólogo Weilder Guerra Curvelo, el Observatorio editó un amplio número de publicaciones como Aguaita, una revista cultural de primer orden; una colección de volúmenes sobre empleo, descentralización, industrialización, desarrollo urbano, pobreza y educación, muchos de ellos producto de las Cátedras del Caribe, de los encuentros regionales de investigadores, de las becas de investigación y de los convenios con el Ministerio de Cultura y otras entidades. Como parte del equipo de investigadores me correspondió coordinar proyectos como la Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales Orlando Fals Borda, “Orlando”, y la investigación sobre los usos del audiovisual en la región.
Actualmente el Observatorio del Caribe existe, pero hace muchos años perdió su dinamismo y liderazgo como think tank de la región. Su acción es marginal y sin incidencia; no volvió a publicar y su página web, antes un robusto portal de información con microsites de sus productos más importantes y un completo archivo de las publicaciones, hoy es una sencilla página con la información básica de la entidad.

Alberto Abello Vives fue uno de los grandes gestores culturales del caribe colombiano. Fue director de la Biblioteca Luis Ángel Arango y del Observatorio del Caribe. Nació en Santa Marta, en 1957, y falleció en Bogotá, en 2019. Ⓒ Lisette Urquijo. Todos los derechos reservados
El Parque Cultural del Caribe y el Museo del Caribe: patrimonio vivo
Otra conquista importante de ese período fue la creación del Parque Cultural del Caribe (PCC), concebido por Gustavo Bell y un grupo de intelectuales e investigadores de la región como un complejo cultural integrado por el Museo del Caribe, el Museo de Arte Moderno de Barranquilla y la Cinemateca del Caribe. En un lote donado por la Fundación Santo Domingo se alcanzó a construir e inaugurar, en 2009, el Museo del Caribe, junto a la Biblioteca Infantil Piloto del Caribe y la Mediateca Macondo, especializada en la obra de Gabriel García Márquez.
El Museo del Caribe, primer museo regional de Colombia, se convirtió en símbolo de orgullo, con sus cinco salas, exposiciones, actividades pedagógicas y eventos que permitieron a la ciudadanía reconocerse en sus raíces. En diversos momentos el Observatorio del Caribe y el Museo organizaron eventos conjuntos en torno a la Cátedra del Caribe y la Noche del Río, entre otras, y durante sus primeros seis años recibió miles de visitantes, desde estudiantes de las escuelas públicas y privadas de Barranquilla hasta invitados nacionales e internacionales que llegaban a la ciudad a participar en sus eventos.
El 28 de octubre de 2013, en su discurso de inauguración del VII Encuentro Iberoamericano de Museos, Alberto Abello Vives definía para los asistentes al encuentro lo que era el Museo del Caribe: “Este no se pensó como un museo tradicional -explicó- sino como una estrategia para acompañar el ejercicio de repensar la región y tejer lazos con los demás caribes”. Lazos de proximidad para aprender a pensarnos juntos. Como ejemplo de esa estrategia mencionó la Noche del Río, que fue un evento creado por el Museo como un espacio para conocer de viva voz las tradiciones musicales que han alimentado el Carnaval de Barranquilla, con sus cultores y cultoras venidos de los pueblos ribereños, la Depresión Momposina y las sabanas de Bolívar, Sucre y Córdoba.
Esto podía hacerlo el Museo del Caribe –ampliaba Abello Vives– porque también estaba pensado como un museo regional de doble vía, en permanente intercambio con las regiones a las que pertenece: el Caribe colombiano y el Gran Caribe. Al finalizar su intervención recalcó que el Museo era, sobre todo, “una herramienta pedagógica para contribuir a la comprensión de las múltiples identidades presentes en el Caribe colombiano, a la vez que contribuye a la apropiación del conocimiento de ese contexto que tanto emociona pero que poco se conoce.”
En el lote vecino al Museo del Caribe comenzó a levantarse en 2015 la nueva sede del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, que desde su creación, hace más de cuarenta años, ha funcionado siempre en comodato o alquiler. Sin embargo, diez años después la obra sigue inconclusa, después de enfrentar retrasos, desfinanciación e investigaciones fiscales. En 2023 la Contraloría General de la Nación conceptuó que en este proyecto “se generó una gestión fiscal antieconómica, ineficaz, ineficiente e inoportuna que no se aplicó al cumplimiento de los fines esenciales del Estado”. El año pasado la Alcaldía Distrital de Barranquilla asumió la financiación de la obra y prometió entregarla a finales de este año.
Del auge a la crisis: el retroceso reciente

Una mujer negra en el barrio de Getsemaní, en Cartagena, uno de los enclaves culturales del caribe que hoy sufre de una intensa gentrificación. Ⓒ Patricia Iriarte. Todos los derechos reservados
Por razones que deberían ser motivo de estudio y de debate en los foros académicos, sociales y políticos de la región, el último lustro ha estado marcado por un debilitamiento preocupante. El Observatorio del Caribe, antaño referente en la producción de conocimiento, hoy se encuentra prácticamente inactivo y ha dejado un vacío en el análisis y la investigación regional.
El Museo del Caribe, que ya había sufrido un primer cierre en el año 2018, permanece clausurado y en estado de abandono desde el 2020, privando a la comunidad de un espacio fundamental para la resignificación de su identidad, en un acto de irresponsabilidad e indolencia por parte de sus directivas, de las autoridades del Distrito de Barranquilla y de la Gobernación del Atlántico como directos responsables de la institución. No se entiende cómo la RAP Caribe no se pronuncia al respecto ni incluye en su Plan Estratégico Regional nada sobre la recuperación de estos dos entes regionales. Tampoco se pronuncia el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, que debería intervenir a través del Programa de Fortalecimiento de Museos.
Beatriz Posada, directora de la Corporación Parque Cultural del Caribe, dijo en entrevista con El Heraldo en marzo del año pasado, que era urgente “implementar soluciones estructurales y alianzas estratégicas que permitan la reapertura del Museo y la reactivación del Parque Cultural”. Y afirmó, además, que el parque era un “símbolo de articulación” (¿?) entre los distintos sectores, y que tanto las entidades públicas como privadas habían realizado aportes financieros y participado activamente en la búsqueda de soluciones. Sin embargo, han pasado seis meses desde estas declaraciones y la ciudadanía no recibe señales de ningún tipo sobre esas “soluciones estructurales”.
Lo más triste de todo, si puede haber algo más triste, es que desde las principales ciudades de la región no se distingue un movimiento cultural articulado, independiente y organizado que interpele a los responsables del retroceso y la debacle. En Barranquilla se intentó conformar uno en el año 2018, a raíz del cierre del Museo del Caribe, del Teatro Municipal y de otros espacios culturales, exigiendo al entonces Ministerio de Cultura, a la Alcaldía Distrital y la Gobernación del Atlántico la declaratoria de la Emergencia Cultural. De nada sirvieron las más de dos mil firmas en una carta abierta, ni los foros, las campañas en las redes sociales, las asambleas y los cabildos abiertos, todos ellos impulsados por un puñado de artistas y gestores culturales. De nada sirvieron las mesas de trabajo en las que participaron cerca de trescientos consejeros de cultura y otros actores del sector. De nada las reuniones con el equipo del alcalde Jaime Pumarejo para incluir en el Plan de Desarrollo de Barranquilla los puntos que reivindicamos. El autismo de la administración no nos permite deducir si escuchan o no, si entienden o no... Lo único que sabemos a ciencia cierta es que, a juzgar por el estado en que continúan las cosas, todo aquello les tiene sin cuidado.
En cuanto a la regionalización las cosas parecen avanzar a partir de la creación de la RAP Caribe, aunque los dirigentes políticos de la región tardaron ¡siete años!, desde su constitución, en formular y presentar un Plan Estratégico Regional a diez años, lo cual hicieron en 2024. En esa ocasión anunciaron un proceso de socialización en los siete departamentos antes de comenzar su ejecución, pero en realidad, el documento no circula más allá de los escritorios de la RAP).
Aún así, el de nuevo Gobernador del Atlántico, Eduardo Verano, y el Gerente de la RAP Caribe, Jesús Pérez, anunciaron al país un nuevo referendo en marzo de 2026, esta vez para preguntarle a la gente si aprueba la creación de la Región Ente Territorial. ¿Tendrá ese referendo la misma respuesta que obtuvo en 2010 años el Voto Caribe, con un proceso tan errático y discontinuo como el que ha tenido la regionalización del 2011 para acá?
Estas realidades de la región Caribe colombiana, son, entre otras, las que representan un reto como el de sostener los logros alcanzados en el proceso de construcción de identidad y autonomía regional. Si bien los avances de las últimas décadas delinearon un horizonte de esperanza para la cultura y la política regional, la reciente pérdida de dinamismo y el cierre de espacios emblemáticos exigen el compromiso renovado de la sociedad y sus instituciones. Solo a través de una acción colectiva organizada y no cooptada por el clientelismo; inversiones decididas y alianzas verdaderamente consistentes, sería posible recuperar el impulso perdido y reimaginar el futuro caribeño como un futuro de encuentro, innovación y memoria viva.
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