Importancia de la cultura para el país
Más allá de las obvias disputas por imponer el aceleracionismo, y la incultura de las redes sociales, Colombia ha tenido una larga tradición de investigación, pensamiento y acción en figuras como las de Gloria Triana. Recuperamos este breve texto de su libro publicado hace cuatro años.

En Colombia la importancia de la cultura en la construcción de nación es un tema tardío que empieza a finales de los años 60 con la creación del Instituto Colombiano de Cultura.
A partir de esta época se empezaron a establecer lineamientos de políticas culturales que cambiaron la idea de crear una cultura nacional homogénea, reconociendo que en la diversidad está la riqueza de la cultura nacional y los más importantes referentes de la identidad como nación. A pesar de los avances, el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural en la Constitución del 91 y la creación del Ministerio de Cultura (1997), la cultura no es tema trascendente en los discursos de los candidatos que aspiran a la Presidencia.
En cuanto al sector cultural en un país en postconflicto, no conozco si el Ministerio tiene un proyecto especial para las zonas del posconflicto, pero me gustaría hablar de una experiencia personal en este tema. En los años 89-90 dirigí un equipo de trabajo alrededor de un proyecto estatal (PNR-Colcultura) cuyo objetivo fue la elaboración de una estrategia que permitiera el acercamiento de la academia y los funcionarios del Estado a las comunidades marginadas en situación de riesgo, a través de la acción cultural participativa y la investigación: propuse entonces las Jornadas Regionales de Cultura Popular, y el proyecto Historia local y regional de las zonas de conflicto.
Las jornadas convocaron a organizaciones gubernamentales (institutos de cultura, bibliotecas, casas de la cultura) y no gubernamentales (fundaciones, asociaciones comunitarias, grupos informales) a un debate amplio en el que participaron funcionarios administrativos, administradores culturales, científicos sociales, investigadores locales, líderes comunitarios y representantes de los grupos étnicos, alrededor de los más variados temas: expresiones y tendencias de los procesos culturales regionales, problemas de etno y eco desarrollo, procesos de autoafirmación y organización de las comunidades.
En estas Jornadas surgió la propuesta de crear equipos de investigadores vinculados a las universidades regionales que estudiaran las zonas olvidadas por el Estado que conforman la geografía de la violencia rural colombiana.
Es así como surgió el proyecto realizado con las universidades de Cartagena, Antioquia, Nacional de Medellín y de la Amazonía, orientado a estudiar los conflictos de los últimos cincuenta años, tomando como fuente –entre otras– a los propios protagonistas, usando sus testimonios como base de datos para el análisis, con el objeto de recuperar la historia y por ese medio avanzar en el entendimiento de las causas del conflicto armado en el país, para así poder desarrollar un conocimiento que se convirtiera en una ayuda valiosa para los procesos de reconciliación nacional.
Fueron estas dos experiencias las que llevaron a la Consejería de la Paz, por un lado, y a los voceros autorizados del EPL por el otro, a proponer al equipo que realizó este trabajo, la elaboración de un proyecto cultural para los campamentos donde estaba concentrada y en tregua la base de este grupo en espera de los resultados de las conversaciones de paz con el alto gobierno.
Quiero advertir que este recuento no está basado en una investigación de tipo académico, es más bien un testimonio y el resultado de la reflexión alrededor de un trabajo realizado en las zonas de conflicto, en una época no muy lejana, cuando desde el Estado se planteó la construcción de una verdadera democracia, y en nuestro caso participamos en ese proyecto a través de un convenio entre el Plan Nacional de Rehabilitación y el Instituto Colombino de Cultura.
En Colombia no es corriente hablar de proyectos que en el pasado obtuvieron resultados visibles, tenemos la tendencia a recrear y enfatizar los fracasos, pero creo que mirar hacia atrás años después, cuando el conflicto se ha exacerbado, la solución negociada parece estar cada vez más complicada, las extremas armadas se han fortalecido, y las violencias se han multiplicado, analizar los cambios de rumbo nos puede ayudar a entender por qué el éxodo en vez de detenerse se ha aumentado en proporciones inmanejables, y cómo este fenómeno influye de manera determinante en las transformaciones culturales .
En el artículo siguiente de este libro avanzo los elementos centrales del Plan Nacional de Rehabilitación (PNR), el cual, aunque había sido concebido en el gobierno de Belisario Betancur como parte de La Ley de amnistía de 1982, solo se puso en marcha en el gobierno de Barco. Y a su planteamiento en lo económico, la agregamos el diseño de unos lineamientos de política cultural que partían de una premisa fundamental: el reconocimiento de la diversidad cultural regional. Esto, que ahora es común en todos los discursos, se puso en práctica antes de la Constitución del 91. Pero este trabajo no lo hicimos desde los escritorios, convertimos a Colcultura en una institución itinerante, y descubrimos en las comunidades un enorme potencial en los imaginarios colectivos y la presencia de múltiples propuestas. En ese sentido y con énfasis en la autoafirmación se expresaron los Inga, Coreguaje y Witoto en el Caquetá, y los Nasa, Guambiano y Kamentzá en el Cauca, y en el Chocó Alfredo Vanin lanzó la propuesta de conformar el frente cultural del Pacífico: hasta ahora hemos sido utilizados como proveedores de mano de obra y recursos naturales, es el momento de empezar a expresar por cuenta propia nuestros desarraigos y conflictos.

Portada del libro Memoria popular, de Gloria Triana, Ariel.
No se ha hecho hasta el momento un estudio que evalúe los resultados que había obtenido el PNR en las zonas de conflicto, ni se evaluaron los efectos que sobre las poblaciones tuvo un proyecto articulado que reconocía el papel de la cultura como parte integral de un proceso de desarrollo regional y de construcción de democracia alrededor del fortalecimiento de las identidades colectivas, pero muchos analistas creen que el desmonte de este proyecto modelo, por las presiones de los caciques de la política tradicional, truncó la posibilidad de la construcción de una paz con equidad.
¿Qué le dio a este proyecto la consistencia y la credibilidad que tuvo en su corta existencia? En primer lugar, el conocimiento y compromiso del grupo de académicos que lo diseñaron y dirigieron su aplicación; en segundo lugar el perfil de los funcionarios que trabajaban directamente con las comunidades, profesionales jóvenes con una gran dosis de mística por el trabajo; y en tercer lugar el transparente manejo de los recursos, pues el esquema descansaba en los consejos locales de rehabilitación con una alta representatividad de la comunidad, que intervenía tanto en la definición de la inversión de los recursos como en la vigilancia de su ejecución.
El Proyecto en su componente cultural se orientó a concentrar el interés y apoyo del Estado a las culturas populares, que eran las que en este caso ocupaban un papel importante en los territorios definidos como objetivo por el Plan Nacional de Rehabilitación.
Se trabajó en la zona petrolera de Barranca, Urabá, Caquetá, Arauca, Magdalena Medio, Sur de Bolívar, Chocó y Cauca, es decir, en zonas deprimidas, de enclave y colonización, muchas de ellas pobladas por éxodos anteriores de violencias pasadas, por comunidades campesinas tradicionales y homogéneas, grupos de indígenas en sus territorios ancestrales y asentamientos de afrodescendientes, casi todos afectados por los conflictos de las últimas décadas.
Ahora que está tan de moda, tomemos por ejemplo el caso del Caquetá, donde se trabajó en la reconstrucción de la historia de la colonización. La historia de la ocupación empezó durante la Colonia con los misioneros y los comerciantes de la economía extractiva. Los Witoto tienen historias alrededor del intercambio de prisioneros indígenas enemigos y algunos productos selváticos por hachas de hierro, en una especie de comercio de esclavos con los comerciantes que duró hasta parte del siglo XIX. Los encomenderos del Sur del Huila convirtieron la región de San Vicente del Caguán precisamente, en una despensa para ir a cazar y esclavizar indígenas; los caucheros trajeron consigo una oleada de violencia y muerte, se calcula que entre finales del siglo XIX y comienzos del XX más de cien mil indígenas murieron a causa de los excesos cometidos, la violencia de los años 50 produjo una gran afluencia de gente de todos los lugares del país, y generó un proceso acelerado de tumba de la selva, ocupación del territorio, fundación de pueblos, apertura de caminos y carreteras, el surgimiento del Caquetá agrícola y ganadero, y en el presente es el escenario de las luchas armadas de las últimas décadas, en donde son actores del conflicto, como se dice ahora para referirnos al drama nacional, campesinos, empresarios, obreros, guerrilleros (soldados y paras fuera de la zona de distensión), colonos y traficantes de coca y amapola.
Ante complejidades similares encontrados en el Urabá o en Magdalena Medio y en las distintas regiones, diseñamos un Proyecto Académico de investigación de la historia local y regional, vinculando a las universidades regionales a través de los departamentos de historia y de antropología, que tenía como objetivo el estudio del pasado histórico y cultural para conocer a través del análisis de los imaginarios colectivos la manera como estos habían sido afectados por los desplazamientos y los conflictos sucesivos, y así poder vincular a las comunidades a partir del conocimiento de su realidad a los procesos de desarrollo, construcción de democracia y reconciliación.
Ahora que he tenido que leer los documentos de la época para escribir estas reflexiones, pienso que, si se hubiera continuado este proceso de acercamiento entre las comunidades, el Estado y la Academia, tendríamos un avance en el conocimiento alrededor de elementos de identificación colectivos tan necesarios en la reconstrucción nacional, y no estaríamos soportando la intensificación del conflicto y éxodo masivo hacia los centros urbanos y zonas de frontera.
Cuando empezó a desmontarse el Proyecto estábamos trabajando en los campamentos en tregua del EPL, aún conservo las imágenes de un Comandante hablándole a sus hombres de la importancia del papel de la cultura en la construcción de la paz, y de un guerrillero con su fusil al hombro aprendiendo a tocar la gaita con uno de los gaiteros de San Jacinto.